De dentro hacia fuera: primero se habita, luego se dibuja
La estética va y viene. Lo que hoy nos parece precioso dentro de veinte años nos puede aburrir, y una forma geométrica que ahora está de moda puede acabar cansando. Lo que no cambia es que en una casa se vive: se duerme, se cocina, se discute, se crece y se envejece. Por eso en Unité no empezamos un proyecto por la fachada, sino por la vida que va a pasar dentro.
Lo llamamos arquitectura amable, y no nos lo hemos inventado. Es una idea con muchos siglos encima que han ido contando, cada uno a su manera, arquitectos muy distintos. Aquí va un pequeño paseo por ellos, y por lo que nos han enseñado.
Firme, útil y bella
Hace más de dos mil años, el romano Vitruvio escribió que todo edificio tiene que cumplir tres cosas: firmitas, utilitas, venustas. Que aguante, que sirva y que sea bello. Fíjate en el orden. La belleza no está prohibida, pero llega la tercera, y casi siempre como consecuencia de las otras dos.

La frase «la forma sigue a la función», que tantas veces se le atribuye, llegó mucho después. La escribió el norteamericano Louis Sullivan en 1896, pensando en los primeros rascacielos de oficinas: si un edificio es una pila de despachos iguales, que se vea así, sin disfrazarlo de palacio. Su discípulo Frank Lloyd Wright fue un paso más allá y dijo que forma y función no van una detrás de otra: tienen que ser una sola cosa.

Una máquina para habitar
En 1923, Le Corbusier escribió en Hacia una arquitectura que «la casa es una máquina para habitar». Se suele leer como algo frío, y no lo era. Lo que pedía es que una casa funcione tan bien como un barco o un avión: que tenga sol, aire, luz y el espacio justo para quien la usa, sin adornos que no sirven para nada.
Años después lo llevó a una escala enorme con la Unité d’Habitation de Marsella (1952): 337 viviendas apiladas como una ciudad en vertical, con una calle interior de tiendas a media altura y, en la cubierta, una guardería, un gimnasio y una piscina para los niños. Y lo midió todo con el Modulor, un sistema de medidas sacado del cuerpo humano. De ese edificio viene nuestro nombre. La foto de portada es su hermana de Berlín, construida para la exposición Interbau de 1957: detrás de cada cuadro de color hay una casa.
De dentro hacia fuera
Wright llamaba a su manera de proyectar arquitectura orgánica, y la resumía así: una arquitectura que crece de dentro hacia fuera. Primero el espacio que se vive y luego la caja que lo envuelve.
Todo el mundo conoce su casa de la Cascada, pero a nosotros nos interesa mucho más otra casa suya, sin cascada y sin millonarios. En 1937, un periodista de Madison, Herbert Jacobs, le pidió una casa para su familia por 5.000 dólares. Wright aceptó el reto y quitó todo lo que sobraba: ni sótano ni garaje (inventó el carport, un simple porche para el coche), calefacción por suelo radiante y una planta en L abrazando el jardín. La cocina, en el quiebro de la L, quedaba en el corazón de la casa y no escondida al fondo, y el salón se abría al jardín con puertas de vidrio. Fue la primera de sus casas usonianas, pensadas para la clase media. Hoy es Patrimonio Mundial, y sigue siendo una lección: una buena casa no necesita ser cara, necesita estar bien pensada.

La casa japonesa: medida desde el cuerpo
En Japón, lo de dentro hacia fuera es tradición desde hace siglos. Las habitaciones se miden en tatamis, una estera de paja del tamaño de una persona tumbada. Como contaba el zoólogo Edward S. Morse en 1885, el arquitecto proyecta cada habitación para un número concreto de esteras. Primero el cuerpo, después la habitación y al final la casa.

Los tabiques son paneles correderos de papel, así que una misma sala sirve para comer de día y para dormir de noche. Entre dentro y fuera hay una galería de madera, el engawa, que no es ni casa ni jardín, y donde se pasa media vida. El arquitecto coreano Inu Lee, que divulga sobre vivienda asiática en YouTube, lo explica con detalles muy cotidianos: cómo te recibe la entrada o cuánto mide el techo cambian, sin darnos cuenta, cómo nos sentimos y hasta cómo pensamos.

Una función más grande que la técnica
El finlandés Alvar Aalto puso el matiz que más nos gusta. En 1940 escribió que hacer la arquitectura más humana es hacer mejor arquitectura, y que eso exige un funcionalismo mucho más amplio que el puramente técnico.
Lo demostró en el sanatorio de Paimio, para enfermos de tuberculosis. Las terrazas al sol no eran decoración, eran parte de la cura. Diseñó lavabos que no salpicaban ni hacían ruido, para no despertar al compañero de habitación, y un sillón con el respaldo inclinado justo para respirar mejor. Función, sí, pero pensada desde la persona que está tumbada en la cama.

Habitar también es un olor
Porque habitar no es solo algo físico. El filósofo Martin Heidegger lo planteó en 1951 en Construir, habitar, pensar: construimos porque habitamos, y no al revés. Décadas después, el arquitecto Juhani Pallasmaa recordaba en Los ojos de la piel que una casa también se huele, se toca y se escucha.
Aquí lo entendemos enseguida. El olor del azahar en la huerta, la sombra de una parra en agosto, el ruido de la acequia o el frescor de un suelo hidráulico por la mañana. Nadie se acuerda de la medida exacta de la cocina de su abuela, pero sí de cómo olía. Eso también es arquitectura, aunque no lo dibuje nadie.

Lo que ya sabían nuestros abuelos
Mucho antes de que nadie hablara de forma y función, la arquitectura popular de nuestra tierra ya lo aplicaba sin teorías. Muros gruesos de mampostería y cal que guardan el fresco en verano. Fachadas blancas que devuelven el sol. Patios y parras para hacer sombra, y la persiana alicantina, que deja pasar el aire y frena la luz. Ninguna de esas casas tiene un arquitecto famoso detrás: su forma la dictaron el clima y la manera de vivir.
El riurau de la Marina Alta es el ejemplo perfecto. Una galería de arcos abierta al sur para secar la uva y convertirla en pasa, con espacio para meter los cañizos a cubierto si llovía. No tiene nada que sobre ni nada que falte. Y por eso es bonito.

Cuando la forma va primero
También hay casos al revés, y está bien conocerlos. Mies van der Rohe, el del «menos es más», terminó en 1951 la casa Farnsworth: una caja de vidrio flotando sobre el césped, una de las casas más fotografiadas del siglo XX. Su dueña, la doctora Edith Farnsworth, acabó en los tribunales con él y se quejaba de que no podía ni colgar una percha sin pensar en cómo se vería desde fuera. Es una obra maestra, y ella la usó durante veinte años, pero nos recuerda que una casa también tiene que dejarte vivir a tu manera.

El otro gran ejemplo es el Guggenheim de Frank Gehry, que abrió en 1997 en Abandoibarra, una zona industrial y portuaria de la ría de Bilbao que se había quedado vacía. Ahí la forma fue primero: un edificio icónico que arrastró a la ciudad, trajo visitantes y transformó todo lo que tenía alrededor. Es el famoso «efecto Bilbao». Funcionó, pero es la excepción. Muchas ciudades intentaron copiarlo y se quedaron con el edificio caro y sin el efecto.

Sentarse en el suelo
A nosotros también nos encantaría hacer arquitectura efímera, hitos, edificios que se vean desde lejos. Pero ahora mismo lo que hace falta es vivienda. Así que nos sentamos en el suelo con la gente y empezamos por la conversación. Si hay que hacer una licencia, un certificado o una tasación, no se nos caen los anillos: lo tratamos con naturalidad, como algo cotidiano, y precisamente por eso lo hacemos bien.
Lo que ya está construido
La arquitectura amable también mira hacia atrás, al pasado, presente y futuro de lo que ya está en pie. La Vega Baja es la zona con más peligro sísmico de la Comunitat Valenciana: el terremoto de 1829 destruyó Almoradí, Torrevieja y buena parte de la comarca. Y aquí hay muchos edificios levantados antes de que existiera una normativa sismorresistente como la actual. Lorca, en 2011, nos recordó lo que puede pasar con un terremoto moderado.

Hoy también se están convirtiendo locales en viviendas. Puede ser una buena forma de sumar casas si se hace bien, con aislamiento, ventilación, luz natural, intimidad y protección frente al ruido y la contaminación de la calle. Hecho mal, es infravivienda a pie de calle.
¿Rehabilitar o derribar? Depende. Los franceses Lacaton & Vassal ganaron el Pritzker en 2021 defendiendo no demoler nunca: en Burdeos, junto a Frédéric Druot y Christophe Hutin, transformaron 530 viviendas sociales sin sacar a nadie de su casa, añadiendo terrazas y jardines de invierno, con menos coste que tirar y volver a construir. Otras veces el edificio no tiene arreglo, y lo sensato es agrupar varias parcelas pequeñas y malas en un edificio bueno, con más altura y más espacio para la calle. Lo que no vale es decidirlo a ojo. Primero se estudia.
Una casa que crece contigo
Hay una idea que nos ronda desde hace tiempo. Un edificio en altura que no se entrega terminado del todo: una estructura con las instalaciones agrupadas y, en cada vivienda, un espacio previsto para crecer. Quien vive solo lo llena de plantas y lo convierte en un huerto en el aire. Una familia que crece lo cierra poco a poco y suma habitaciones. Al principio se construye lo justo, dos dormitorios, un baño y un salón, y la altura reparte mejor el precio del suelo.
Parece una locura, pero tiene historia. El holandés John Habraken lo propuso en 1961 con sus «soportes»: el edificio pone la estructura y los servicios, y el interior es de quien lo vive. En 2004, el estudio chileno Elemental, de Alejandro Aravena, lo llevó a cabo en Iquique: 93 familias recibieron «la mitad de una casa buena» y ellas mismas completaron la otra mitad con los años. Con la normativa actual no es sencillo encajarlo en una licencia, pero merece la pena plantearlo.

En resumen
Primero entendemos a la persona y cómo quiere vivir. Después dejamos que la forma salga de ahí, con un sentido lógico, constructivo y económico. Si además queda bonita, y procuramos que lo quede, es porque todo encaja. Eso es para nosotros la arquitectura amable.
Si tienes una casa, un local o una idea que quieras repensar de dentro hacia fuera, escríbenos desde la página de contacto y lo hablamos con calma.
Para leer más
- Vitruvio, Los diez libros de arquitectura (siglo I a. C.).
- Louis H. Sullivan, «The Tall Office Building Artistically Considered» (1896).
- Le Corbusier, Hacia una arquitectura (1923) y El Modulor (1948).
- Frank Lloyd Wright, An Organic Architecture (1939) y The Natural House (1954).
- Edward S. Morse, Japanese Homes and Their Surroundings (1885).
- Alvar Aalto, «La humanización de la arquitectura» (1940).
- Martin Heidegger, Construir, habitar, pensar (1951).
- N. John Habraken, Soportes: una alternativa al alojamiento de masas (1961).
- Juhani Pallasmaa, Los ojos de la piel (1996).
- Alejandro Aravena y Andrés Iacobelli, Elemental: manual de vivienda incremental y diseño participativo (2012).
- Anne Lacaton, Jean-Philippe Vassal y Frédéric Druot, Plus: la vivienda colectiva, territorio de excepción (2007).
Foto de portada: Unité d’Habitation de Berlín. Matthias Süßen · CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.